miércoles 5 de noviembre de 2008

Y te cedo este tiempo de hoy...

Quería negarme a escribirte… Necesitaba distraer de mi mente esta agobiante convicción de que te he convertido en la absoluta inspiración de mi nostalgia. No quisiera admitir que permaneces constante como favorita tentación para desencadenar mi melancolía.

Deseaba seguir fingiendo… No podía confesar que continúas perturbándome el pensamiento. Anhelaba seguir diciéndome a mí misma que ya no recuerdo tu perfume, que es mentira que algún rostro me sirva para recrear a diario el tuyo. Me resistía a afirmar que - todavía, inclusive - sin querer sigo identificando en los demás esos peculiares rasgos que me fascinaban de tu carácter.

Quería creer que estaba siendo fácil olvidarte… Necesitaba decirle a mis heridas que nada tenían que ver con tu ausencia. No quisiera aceptar que aún tienes la capacidad de hacer venir al mío tus pensamientos.

Deseaba pensar que sólo eran jugarretas de mi imaginación… No podía reconocer que es tu voz la que insiste en escuchar mi alma, que son tus susurros sublimes los que me despiertan cada madrugada inquieta. Me resistía a cederle espacio a las palabras que en voz bajita vienen contándome de ti, de esa vida que llevas ahora, lejano, sin mí.

Y entonces, negándome a cederte mi tiempo de hoy, paradójicamente sigues tú llenándolo todo. Es que difícilmente puede fluir un río cuyas aguas insistimos en contener, porque víctima de su propia represión la corriente al final se desborda, arrasa con todo.

Así que bienvenida sea la tormenta. Te escribo, me convenzo, admito, dejo de fingir, confieso, acepto, te cedo mi espacio y mi tiempo de hoy. Y bendita sea mi desazón… Que para quienes llega la lluvia sin duda, después, ha de volver a salir el sol.