Para Huáscar... por el abrazo anhelado
El reloj marcaba las siete de la mañana y al fin el piloto del avión nos dio la bienvenida al aeropuerto de Maiquetía… Nosotras - mis compañeras de la oficina y yo - que íbamos en planes estrictamente laborales, con el hambre adelantada a causa del viaje madrugador y, además, forzándonos - debido al sueño aún presente - a estar atentas para divisar nuestra próxima puerta de embarque pues tomaríamos otro avión en media hora con destino a Maturín, salimos presurosas ansiosas por desayunar.Mis amigas aceleraron el paso, advertimos que el abordaje sería por la puerta número uno y todavía teníamos tiempo para compartir el primer café. Yo - que necesito al menos un guayoyo al despertarme para garantizar mi buen humor matutino - recorrí visualmente el área para ubicar el lugar perfecto donde sentarnos a saborear la aromática delicia mañanera.
Ahí estaba, sentado justo frente a mí. ¡A tan sólo unos dos metros! Quedé paralizada unos segundos, lo miré incrédula por otro ratito y finalmente sonreída, así nada más como cuando recibes un elogio, le dije a mi amiga - mira, qué nota, ¡allí está Huáscar Barradas! - y ella con un gesto más parecido al desconcierto que al entusiasmo me respondió preguntando - ¿y quién es ese? -
¡No podía creerlo! Entretanto, una parte de mi quería correr hasta él, extenderle mis brazos y darle ¡un súper apretón! Quería ir a decirle cuánto disfruto sus interpretaciones, cuánto me arruga el corazón y me eriza la piel cuando le escucho, cuántas sonrisas me inspira al verlo en escena. Ahí me quedé pasmada, entre mis ganas de ir a saludarlo - y abrazarlo bonito - y mi conmoción porque mi amiga ¡no sabía quién era Huáscar!
Pero mayor fue mi frustración cuando mi otra compañera, ya con desayuno en mano, vino a nuestro encuentro para recordarnos que había un vuelo que tomar. Le comenté la razón del pequeño retraso y tampoco entendió - ¿quién es ese?, - me dijo también ella, y sentenció - disculpen mi ignorancia pero no se de quién se trata, vámonos que se hace tarde - ¡Yo experimenté un síncope!
Volví a la realidad, tenía una taza de café en mis manos y Huáscar - quien estaba sentado unas mesas más allá - ya se había ido. En ese momento me detesté a mí misma por no ser una niña frenética, pues perdí mi oportunidad de abrazarlo gracias a mi costumbre de deleitarme serenamente con mis pasiones. También odié por un instante a mis amigas, porque no podía aceptar - me niego a hacerlo todavía - que existan coterráneos que desconozcan quién es “La Flauta de Venezuela”.
Huáscar Barradas es de esas divinidades que me llevaría en la maleta si tuviese que irme lejos de este país. Es de esas maravillas que me hacen sentir alivio en este caótico pedacito del norte del sur de América. Es de la gente talentosa de esta tierra de gracia que me hace sentir por ella orgullo, arraigo, ¡amor!
Regresé de mi viaje y pude de nuevo respirar al llegar a casa y compartir; finalmente, con mi familia y mis íntimos amigos; la emoción de haberlo visto, así como la frustración de no haberle abrazado y haber descubierto casi horrorizada que unos tantos venezolanos no lo conocen.
Así que de inmediato busqué sus discos y me embriagué de venezolanidad con ellos, vi otra vez su divino concierto “Entre Amigos” y me permití de nuevo la piel de gallina que se me alborota cuando le veo y escucho, tan marabino, ¡tan venezolano!... Y me he propuesto hablar más y más de Huáscar; porque tal vez yo me quede debiéndole el abrazo, pero entretanto puedo hacer que sean muchos otros los que - al conocerle y escucharle, así como verle en pies descalzos amar a Venezuela a través de su flauta - quieran entonces abrazarse con él.
Ahí estaba, sentado justo frente a mí. ¡A tan sólo unos dos metros! Quedé paralizada unos segundos, lo miré incrédula por otro ratito y finalmente sonreída, así nada más como cuando recibes un elogio, le dije a mi amiga - mira, qué nota, ¡allí está Huáscar Barradas! - y ella con un gesto más parecido al desconcierto que al entusiasmo me respondió preguntando - ¿y quién es ese? -
¡No podía creerlo! Entretanto, una parte de mi quería correr hasta él, extenderle mis brazos y darle ¡un súper apretón! Quería ir a decirle cuánto disfruto sus interpretaciones, cuánto me arruga el corazón y me eriza la piel cuando le escucho, cuántas sonrisas me inspira al verlo en escena. Ahí me quedé pasmada, entre mis ganas de ir a saludarlo - y abrazarlo bonito - y mi conmoción porque mi amiga ¡no sabía quién era Huáscar!
Pero mayor fue mi frustración cuando mi otra compañera, ya con desayuno en mano, vino a nuestro encuentro para recordarnos que había un vuelo que tomar. Le comenté la razón del pequeño retraso y tampoco entendió - ¿quién es ese?, - me dijo también ella, y sentenció - disculpen mi ignorancia pero no se de quién se trata, vámonos que se hace tarde - ¡Yo experimenté un síncope!
Volví a la realidad, tenía una taza de café en mis manos y Huáscar - quien estaba sentado unas mesas más allá - ya se había ido. En ese momento me detesté a mí misma por no ser una niña frenética, pues perdí mi oportunidad de abrazarlo gracias a mi costumbre de deleitarme serenamente con mis pasiones. También odié por un instante a mis amigas, porque no podía aceptar - me niego a hacerlo todavía - que existan coterráneos que desconozcan quién es “La Flauta de Venezuela”.
Huáscar Barradas es de esas divinidades que me llevaría en la maleta si tuviese que irme lejos de este país. Es de esas maravillas que me hacen sentir alivio en este caótico pedacito del norte del sur de América. Es de la gente talentosa de esta tierra de gracia que me hace sentir por ella orgullo, arraigo, ¡amor!
Regresé de mi viaje y pude de nuevo respirar al llegar a casa y compartir; finalmente, con mi familia y mis íntimos amigos; la emoción de haberlo visto, así como la frustración de no haberle abrazado y haber descubierto casi horrorizada que unos tantos venezolanos no lo conocen.
Así que de inmediato busqué sus discos y me embriagué de venezolanidad con ellos, vi otra vez su divino concierto “Entre Amigos” y me permití de nuevo la piel de gallina que se me alborota cuando le veo y escucho, tan marabino, ¡tan venezolano!... Y me he propuesto hablar más y más de Huáscar; porque tal vez yo me quede debiéndole el abrazo, pero entretanto puedo hacer que sean muchos otros los que - al conocerle y escucharle, así como verle en pies descalzos amar a Venezuela a través de su flauta - quieran entonces abrazarse con él.
Si eres de los que sabe poco o nada de Huáscar, te invito a visitar su sitio web:








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