Deliciosa quietud, naturalmente humana.
Y pensar que un día estuviste vencida, te sentiste abatida, quisiste renunciar, te abandonaste a caer, te negaste a resistir… Olvidaste cuánto podía ayudar la esperanza, perdiste totalmente la fe, le diste la espalda a la luz, anhelaste inclusive desaparecer…
Como si acaso apenas un muy mal día pudiese tener influencia definitiva en una existencia destinada al cambio constante, al diario renacer. Como si no te hubiese enseñado ya la vida que un instante de desasosiego no es más que eso, un diminuto instante…
Ahora entonces te ríes de ti misma, de lo tonta que eres al rendirte. Entiendes que para la derrota tenemos derecho y permiso, pero que dedicarle espacio a su veneno no es más que desperdiciar el tiempo...
Descubres que siempre, de pronto, naturalmente reaccionas; empiezas otra vez. No tanto porque así lo hayas decidido sino porque, para tu bien, es ley universal que nos neguemos a estancarnos. Finalmente nuestra esencia nos empuja, nos obliga a abrir las alas, nos permite quizá un rato a solas para sanar las heridas del miedo y nos induce luego de nuevo a volar…
Observas pues como el alma insiste reiteradamente en ponerse de pie. Agradeces a la vida el ser más sabia que tú, por darte constantemente un oportuno empujón; ese sacudón espeluznante que dichosamente te trae hasta aquí, al reconocimiento sereno de tus bendiciones, a la satisfacción plena de tu más profunda necesidad: ¡tu paz interior!
Y pensar que nada tenía que ver con tu mundo exterior, mucho menos con tus circunstancias íntimas… Simplemente bastaba con exorcizar al pensamiento, pasar la página, aquietar el espíritu agitado, sentarte a esperar, dejarle espacio al huracán, cederle tiempo a la tormenta, tener el valor de asumir el temor, aceptar que la desesperación es humana y que, como todo lo humano, trasciende, se desvanece y transforma...
Basta ser natural. Porque así como en la naturaleza, después de un terremoto, todo vuelve a su lugar, así en el alma todo remolino tumultuoso necesita su espacio para expandirse, para diluirse por siempre y entonces dar paso a la calma, a la deliciosa quietud que realmente somos.









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