viernes 27 de julio de 2007

Léeme, ¡Sí, léeme!


¡Me gusta que me leas!... que te concentres en interpretar entre líneas mis párrafos, esforzándote por lograr comprender exactamente lo que busco decir; para que así al final mis palabras lleguen a ti con la significancia precisa que surgieron en mi pensamiento y con la justa intención que emanaron desde mi mente hacia el mundo exterior convirtiéndose en idea escrita.

Pero ya lo sabemos, difícilmente recibirás mis construcciones gramaticales con el sentido original de su concepción. Aunque conscientemente busques evitarlo, de algún modo, tus interpretaciones estarán enriquecidas con tus percepciones únicas, con tus íntimas vivencias, con tu particular manera de ver el mundo que, con toda seguridad, es distinta a la mía.

Eso sin considerar que, en algún momento, tu apreciación sobre mi discurso puede tener desde el inicio una buena dosis de veneno aderezado de tus prejuicios, tus cuestionamientos, tus miedos, que - vale decir - tampoco tienen por qué coincidir con los míos.

Sin embargo aquí estoy, expuesta ante ti. Es que justamente tengo la certeza, la convicción digamos, de que el milagro de la expresión humana no está en la simple capacidad que tenemos los hombres y mujeres del planeta para decir lo que pensamos y sentimos; sino más bien en la posibilidad de exponer nuestras ideas a los demás, de lanzarlas a la rica experiencia de enredarse con otras que no nos sean tan propias, de someterlas a la deducción ajena y recibir de vuelta controversias, dudas, sentencias, censuras, pero también aprobaciones, reconocimientos, acuerdos…

Por eso vale la pena que me leas, porque en definitiva la elevación de mi espíritu en gran medida depende de ti; de todas tus intervenciones, a veces prudentes, a veces insidiosas, a veces inspiradoras, pero siempre y mil veces enriquecedoras. Porque lo que soy, te lo garantizo, se perfecciona a diario contigo.

miércoles 11 de julio de 2007

Cuando el Alma es Sibarita...


Un amigo me preguntaba hace unos días qué significaba para mí eso de ser alma sibarita. Yo le decía que un alma sibarita es un alma muy glotona, abierta a probar de todo, conocer de todo, experimentar de todo, vivir de todo…

Insistí en mi teoría de excesiva glotonería, porque un alma sibarita debe ser así, ¡glotona!; debe permitirse estar atenta a todo lo que le pasa al cuerpo, al individuo, al corazón, a la mente, a toda esa cosa orgánica y emocional que le sirve de envase y transporte en esta humana dimensión.

Nos costó bastante conceptualizarlo, admito que formalmente no lo logramos; tal vez porque eso de ser un alma sibarita es más bien un deseo perseguido a ratos, antes que una cualidad realmente propia en él o en mí.

A manera de ejercicio, mi amigo me pidió que le dijera cuándo consideraba yo que mi alma se comportaba como verdadera sibarita; aquí les dejo las ocurrencias del momento:

Mi alma se descubre sibarita cuando se abandona al estremecimiento que se apodera de mi garganta al tomar un ron añejado… Cuando se embriaga acompañando a mi paladar mientras saboreo un buen vino.

Cuando traviesa incrementa mi inquietud al verme tentada a caminar descalza sobre piedra caliente… Cuando intenta intimidar a mi olfato para ver si logra saber a qué huele la tierra mojada.

Cuando sacudida se escabulle entre los poros de mi piel erizada, para ver si así puede sentir qué es lo que toca la sal del agua que del mar viene al encuentro de la playa, mientras se hunden mis pies en la arena…

Cuando en mi corazón se cobija saltona para disfrutar de cómo me duele la panza mientras alguna carcajada se adueña de mí... Y también al animarme a dejar que fluyan las lágrimas cuando la tristeza duele…

Y lo es, sin duda alguna, al rebelarse ante mi cuerpo para que la deje profundizar en lo que siento por dentro cuando otros labios, ardiendo, se acercan en demasía a los míos... Cuando me exige su espacio en la experiencia para conocer qué sensaciones pululan en el instante justo que una piel otrora ajena a la mía me busca, me encuentra ¡y me aprisiona! ...Cuando reivindincando su naturaleza celestial, se hace dueña del momento y se escapa al encuentro del otro, recordándole a mi saquito de huesos que saborear la divinidad es asunto digno y propio de los dioses.