jueves 31 de mayo de 2007

¡Quiero ser estudiante universitario otra vez!


Las palabras expresadas por los estudiantes universitarios venezolanos esta tarde desde la Universidad Simón Bolívar han sido profundamente conmovedoras. Ya desde el inicio de la semana muchos hemos aplaudido el cívico y democrático comportamiento mantenido por estos jóvenes durante sus manifestaciones en la lucha por los derechos fundamentales de todos los ciudadanos que convivimos en este país.


Hoy consideré inclusive conformar un club de fans para el joven John Goicochea, (en la tercera foto, de izquierda a derecha, en la imagen del encabezado) el estudiante de Derecho de la Universidad Católica Andrés Bello que, con apenas 22 añitos, nos demuestra cada vez que nos habla una claridad de pensamiento y un entusiasmo único por lograr, junto a la diversa multitud de jóvenes que le acompañan, trabajar en la construcción de un país mejor.


Elevo pues mi voz para apoyarlos, a todos los estudiantes universitarios del país que se han levantado por Venezuela. Porque nos brindan esperanza, nos regalan fe en el futuro, nos inspiran ganas enormes por acompañarles y luchar juntos, unidos para transformar al país y encaminarnos hacia la consolidación de una Venezuela realmente nueva.


¡A levantarse, de pie y en paz, por Venezuela!





Nota al pie: Quienes deseen manifestar su apoyo a los jóvenes universitarios venezolanos por su lucha en pro de nuestros derechos fundamentales, pueden escribirles al siguiente correo:

lunes 28 de mayo de 2007

Por RCTV


A veces, no hay mejor respuesta que el silencio.... Pero como justo de evitarlo se trata, y debido a que prefiero omitir todo tipo de argumentos, aquí dejo la imagen con la cual me sumo a quienes lamentan el cese de la concesión de RCTV...
Es que más allá de lo que individualmente aplaudamos o cuestionemos, si hay algo de lo que los venezolanos sabemos es de Solidaridad, y como venezolana y comunicadora asumo mi derecho de manifestarla.

martes 22 de mayo de 2007

Las 10 razones que para Venezuela encontré...

Luego de analizar las miles de razones que - ya sea en comentarios del blog, en mensajes a mi correo electrónico o con firmes argumentos en alguna íntima conversación - me dieron amigos y extraños para permanecer anclados en este país, dejo aquí la lista de los diez motivos con los cuales coincido como inspiración personal para quedarme, saboreando la vida, desde este multicolor pedacito de universo llamado Venezuela:
.
.
.- Nuestra gastronomía, tan diversa, tan curiosa, tan rica mezcla de ingredientes autóctonos y de ajenos que ya no lo son tanto.
.
.

.
.
.- Nuestras playas, convergencia única de arena, olor a mar y calor humano. Los lugares ideales para un encuentro con la gente, durante épocas de bullicio, pero también para una conversación con Dios, en los instantes solitarios.
.
.

.
.
.- Nuestra Gran Sabana, ¡imponente!, haciéndonos sentir pequeños pero bendecidos a la vez, dejándonos claro en sus escenarios que la magia y el milagro están más cerca de lo que pensamos; porque respiras, cierras los ojos, y admites que si Dios ha de vivir en alguna parte, sin duda debe ser allí.
.
.

.

.- Nuestra geografía toda, ¡Costas, Llanos, Desierto, Selva, Nieve y Volcán!, como si la plenitud del universo hubiese decidido hacer manifiesto su amor por este país regalándole un poquito de todo lo que en el planeta hay.
.

.

.
.
.- Nuestra música; la gaita, el galerón, el polo, el vals, el joropo, el pasaje, el tambor; tan rica, curiosa y diversa como nuestra geografía y gastronomía. Es que Venezuela es el lugar ideal para los ávidos de saborear algo distinto cada día.
.
.

.
.
.- Nuestras rumbas, no tanto las que buscamos o armamos en algún lugar público nocturno, sino las que montamos rapidito en el jardín o el patio de la casa; aderezadas con pocas exquisiteces pero sí con muchas carcajadas, invadidas de amigos y hasta de extraños sin invitación previa, extendidas hasta al amanecer y cubiertas de licor y pasapalos gracias a las colectas hechas entre la concurrencia por algún miembro de la familia.

.

.
.
.- Nuestra familiaridad extrema, esa a veces mala costumbre de tutear a todo el mundo, o nuestra virtud amplificada de solidarizarnos con el otro, al extremo de querer averiguarle la vida y a veces hasta intentar acomodársela sin permiso.
.
.

.
.
.- Nuestros vocablos de trato común: chama, mamita, panita, primo, mi amor, compadre, corazón, chévere, okey, épale, ¡qué de pinga!, viejito… Y cuántos otros que distinguen nuestra actitud afectiva y jocosa.
.
.

.
.
.- Nuestro sentido del humor, esa capacidad tan nuestra de reírnos de todo y de todos. Esa virtud de nuestro intelecto de preferir hacer un chiste de toda calamidad antes que lanzarnos al vacío de las lamentaciones.
.
.

.
.
.- Nuestra FAMILIA, la más importante de mis razones, porque de ella aprendí el significado de un abrazo, el valor del amor a pesar de las distancias y cuán arrugadito puede ponerse un corazón al extrañar a su gente. Y también de ella aprendí, por sobre todas las cosas, a amar de este país la Gran Sabana, la gastronomía, la geografía, la música, las playas, las rumbas ...y el gentilicio.
.
.

jueves 17 de mayo de 2007

De cómo esclavos de prejuicios somos víctimas de miedos…


El rosario que dio fin a la novena con la cual encomendamos a Dios el alma de nuestro amigo David recién lo hemos terminado de rezar. Nos quedamos juntas un rato más, sus amigas, su madre, su novia, su hermana y sus tías, acompañándonos en silencio mientras cada una evocaba en su pensamiento alguna escena protagonizada, individualmente, en la vida de aquél muchacho juguetón y desparpajado que partió de esta dimensión terrenal antes de lo previsto, al menos a juicio de nosotras.


Una bandeja extendida ante mí ofreciéndome una taza de café me trae de vuelta desde mis pensamientos al salón; muchos se despiden ya de la familia, han venido de otras ciudades y es prudente iniciar el retorno cuanto antes. Son las dos de la madrugada, advierto pues que es también hora de irme, porque la vuelta a casa supone al menos veinte minutos frente al volante del auto, en solitario por la fría carretera.

Me despido con las usuales, pero no por ello poco sentidas, palabras de condolencia y resignación. Subo al automóvil, pienso de nuevo en David, sonrío al recordar algún instante nuestro de camaradería y de algún modo parece que fuese su voz la que al oído me susurra que deje de pensarle, que el motor ya calentó lo suficiente y debo iniciar el regreso a casa.

El camino aunque oscuro y solitario no llega a intimidarme, debe ser porque a pesar del duelo le permití a la radio acompañarme con algo que ahora se permiten llamar música y que me sirve de ruido para entretener el pensamiento. Falta poco para tomar la autopista y justo unos metros antes de la intersección me sorprende una alcabala móvil improvisada.

Intento disminuir mi velocidad; acelerada en exceso desde un principio, incitada por la soledad tanto dentro como fuera del auto. Un poco presurosa saludo al agente policial que con un ademán parece insistirme que continúe más despacio, asiento con mi cabeza y sigo adelante. La inseguridad reinante en el país; las noticias infinitas sobre robos y secuestros perpetrados, precisamente simulando alcabalas móviles; y mi certeza de no haberme encontrado con esos agentes – ni con la patrulla mal estacionada, ni con los conos recién puestos – durante mi viaje de ida; me animaron a acelerar de nuevo para entrar pronto a la autopista.

¡Sorpresa! El retrovisor me muestra cómo el agente que me saludaba corre ahora hacia su auto y tan sólo minutos después la patrulla policial parece venir tras de mí.

Esa escena en mi retrovisor y el susto, confundido entre la posibilidad de haberme topado con un par de malhechores o la de resultar detenida por haber omitido la orden de disminuir mi velocidad, fusionaron en mi cerebro de modo tal que involuntariamente mi pie derecho empujó aún más el pedal, lo suficiente como para obligar al automóvil a avanzar más rápido.

Ya en la autopista, miles de ruedas me acompañan devolviéndome la capacidad de respirar con normalidad; apago la radio, al fin y al cabo con el ruido de los carros que van y vienen alrededor del mío, y las luces por doquier, ya me basta para mantenerme atenta. Mi ritmo cardíaco está a punto de retomar su calmado compás y, de pronto, el retrovisor lateral me muestra a la patrulla policial dejada atrás acercándose ahora haciendo cambio de luces; el sonido de la sirena y la voz emitida a través del parlante, ordenando me detenga, inducen a mi romántico músculo a bombear velozmente de nuevo.

Una pizca de sensatez, o tal vez de ingenuidad, ayudaron a mi conciencia a obligar a mi pie izquierdo a presionar el pedal para frenar y finalmente detener el auto. La patrulla se estaciona delante de mí y de inmediato baja de ella el agente del saludo presuroso, despojado de su gentileza de otrora. ¡Me ordena salir del automóvil! Y yo, cual gatita asustada e indefensa, abro mi puerta y me pongo de pie frente a él.

Mientras otro funcionario se acerca a inspeccionar por dentro mi carro, el agente frente a mí me exige una explicación por haber desobedecido su primera orden de detenerme, emitida según él cuando pasé por la alcabala improvisada. ¿Usted acaso se ha vuelto loca? - me dijo - ¿No entiende que podemos pensar que la llevan secuestrada? ¿Cómo quiere que pensemos que todo está bien si nos saluda apuradita y aumenta de nuevo su velocidad? ¡Pensamos que podían llevarla coaccionada!

Luego de su retahíla pues me tocó a mí. ¿Y a ustedes cómo se les ocurre que me voy a detener en esa zona? - Le dije - ¡En esa oscuridad, en una vía tan desolada y ante una alcabala improvisada que no estaba cuando pasé al inicio de la noche! ¿Cómo quiere que me detenga si no tengo certeza de que sea usted realmente policía? ¿No entiende que puedo pensar que se trata de dos usurpadores a la espera de alguna buena presa? ¡Además, a esta hora, sola en este carro y en esa avenida tan solitaria y con fama de peligrosa, no pretenderá usted que venga a paso de sepelio! (Con el perdón de David).

El funcionario que revisaba el interior del carro soltó una carcajada. Invitó a su compañero a recuperar la calma y a entender que así como su suspicacia era natural, también lo era mi temor. Me mostró las debidas credenciales y manifestó sus disculpas advirtiendo que en efecto todo había sido una confusión, propia de los prejuicios que nos invaden a unos y otros en estos tiempos y en esta tierra cuya cotidianidad delictiva alimenta en nosotros la desconfianza. Recuperé también la calma, lamenté que el miedo me hiciera de algún modo irrespetar la ley y, luego de una apenada sonrisa de despedida, volví a mi auto.

Al volante de nuevo, ya más cerca de casa, retomando la naturalidad en mi respiración y el tun tuneo habitualmente pausado de mi corazón, vino de nuevo a mí un recuerdo de David. Recordé cuando a solas, en un viaje de ascensor hasta un doceavo piso, me confesó que sabía mi secreto - uno de esos tantos y tontos que en la vida llega uno a tener - y tomando mi mano, con una seriedad pocas veces dueña de su rostro, me garantizó que no debía temer. Recordé cómo en aquél entonces me sentí cómoda a su lado, cuando admití que realmente sería un amigo incondicional; cuando me dije a mí misma de nuevo que ciertamente hay instantes en los que, a pesar de las apariencias y temores íntimos, vale la pena confiar en los demás.



* La imagen en el encabezado es obra de Karla Frechilla.

miércoles 9 de mayo de 2007

La Tristeza de la Soledad

Es triste sentirse solo,
no por el particular y extraño hecho de estarlo,
sino por lo vergonzozo que resulta
olvidar que siempre nos acompaña Dios.
.
* Imagen obra de la artista plástico argentina, Alejandra Jorquera.

lunes 7 de mayo de 2007

Las Madres, una buena razón...


Con toda certeza; las madres deben encabezar la lista de las múltiples razones que muchos venezolanos tienen para quedarse en este país. Justo en este mes dedicado a ellas, admito que las madres venezolanas son inspiración para la lucha diaria que miles de compatriotas - dentro del sentido amplio que le ofrece el diccionario y no dentro de la limitada concepción política que ahora parece tener el vocablo en nuestro país - emprenden convencidos de que, con su labor y esfuerzo individual, una mejor nación es posible.

Porque de mi mamá aprendí que apoyar y defender el progreso es garantizar a los hijos una vida y un país con mil veces mejores condiciones que las suyas. Porque de mi mamá aprendí el significado de las palabras Libertad e Independencia. Porque de mi mamá aprendí que una sociedad mejor es el resultado de la suma de mejores individuos y que en consecuencia soy yo, como ser humano y social, mi única gran responsabilidad. Porque de mi mamá aprendí que mi país será grande sólo cuando sea igual de grande la presencia y contribución de hombres y mujeres ¡grandes! Porque fue mi mamá, junto a mi papá, quien me regaló este país como hermosa tierra mía... Por todo eso, yo anoto pues a mi mami como la primera y gran razón que poseo ¡para quedarme en Venezuela!


Si me pidieran plasmar en un lienzo el amor,
definitivamente dibujaría tu mirada...

Si me exigieran tararear la más dulce de las melodías,
sin dudar pronunciaría tu nombre…

Si me rogaran buscar la máxima fuente de sabiduría,
inmediatamente correría a tus brazos….

Si me faltase alguna vez el aliento,
con ansias evocaría tu imagen venerable…

Es que “Madre” es mucho más que una palabra,
es un traje de amor confeccionado para muy grandes almas….

Y sin embargo, Mamá,
a ti todavía ese traje parece quedarte tan pequeño.



Nota al pie: La imagen que encabeza se titula Maternidad y es obra del pintor francés, William Bouguereau.

miércoles 2 de mayo de 2007

10 Razones para Venezuela


Leyendo por aquí y por allá me sorprendió mi incapacidad para calcular la cantidad, al menos promedio, de venezolanos que cada año emigran del país. Debo confesar que jamás he sido buena con los números, fue bastante difícil definir una cifra, cercana a la realidad, con respecto a cuántos paisanos han dejado ya de convivir con nosotros. Pero, no hace falta ser matemático para afirmar que es evidente y sustentable que son muchísimos los venezolanos que han salido buscando mejores condiciones de vida en otros lares.


Según unos datos que logré ubicar, más del 43% de la población venezolana se marcharía del país si tuviese la oportunidad de hacerlo, ya sea porque no logran visualizar opciones para un futuro promisorio, o por la inseguridad personal, o la imposibilidad de desarrollo profesional, o la incertidumbre política. (1)


Total, que son muchos los que se han ido y muchos los que piensan irse, muchas las razones para haberlo hecho o para pensar en hacerlo. Así que me planteo como reto encontrar, al contrario, las 10 mejores razones por las cuáles valga la pena quedarse en Venezuela. Allí queda pues disponible para todos el espacio de comentarios y, así como Juan Luis Guerra ruega porque llueva café en el campo, ojalá aquí lluevan razones.


Nota al pie: No hay límites de extensión para los comentarios.
La foto me la robé por ahí, es El Salto Ángel, que a mí me sirve como razón. :-)
(1) Los datos los encontré en:
http://www.mequieroir.com/migracion/migracion_porque.phtml