
No sé, pero el día amaneció pesado; así lo percibí de inmediato al levantarme, tal vez porque advertí enseguida que se me pasó la hora prudente de despertar para hacer rendidora la jornada y, además, porque la jaqueca de la noche anterior se prolongó vilmente hasta esta mañana, luego de haber contribuido a que tuviese yo conciencia total durante las tres pesadillas que se sucedieron en mi mente mientras hacía el esfuerzo por dormir.
Me encuentro en la sala de baño con el espejo, saludo decepcionada mi carita de mapache – a causa de mis ojeras – y aprovecho la rutina para conversar con la báscula; ¡Dios mío! – me digo mientras intento no llorar luego de verificar los numeritos del peso – ¡tantos ejercicios, estricta dieta y de pronto esta semana subo un kilo en vez de bajarlo!
Salgo del baño horrorizada, busco alguna prenda favorita que me sirva para mejorar mi ánimo, pero pronto sucumbe de nuevo cuando noto que debo esforzarme en cerrar ese magnánimo pantalón que siempre hace honor a mi silueta. Decido entonces por el vestidito holgadito que lo esconde todo y me obligo a maquillarme de entusiasmo.
Los retrasos de la rutina mañanera impidieron mi primer sagrado encuentro con el café y fue, debido a esa omisión, cuando finalmente admití que estaba ante un día de catástrofe. A media mañana, sentí un deseo incontenible por saborear una buena porción de chocolate, así que compré, y consumí en cuanto pude, la cantidad suficiente para saciar mi ansiedad.
Proseguí con la lectura de los periódicos, - ¡decisión suicida! – me alarmaron otra vez las cifras rojas, me crisparon como siempre las declaraciones de los políticos, se instaló en mí la pesadumbre con los análisis derrotistas, me frustré por los eventos del mes a los que tal vez quiero ir pero no iré y respiré sólo tedio al hurgar la cartelera cinematográfica. Tomé de nuevo una buena ración de chocolate, intentando que la delicia del momento me hiciera obviar la realidad que muestra a diario la prensa.
No sé, pero el día amaneció pesado; lo reiteré al mediodía, tal vez porque el calor hizo insuperables mis posibilidades de sofocarme y, además, porque la jaqueca nocturna decidió continuar acompañándome. Llega el momento de almorzar, recuerdo que aumenté un kilo y empiezo a apartar bocados, cuestiono a gritos a mamá por el exceso de calorías que detecto en la comida y para coronar el inicio de la tarde encolerizo al descubrir que ¡no hay café!. Fue así como, para calmar el delirio de mi corazón, consumí lo que quedaba de mi paquete de chocolates.
Trato de sacar provecho a la siesta vespertina; la jaqueca no me permite relajarme, considero finalmente tomar algún analgésico y me recuesto en el sofá. Los pensamientos comienzan a sabotearme el intento de descanso; los puntos de la agenda saltan uno a uno en mi cabeza, recuerdo alguna buena experiencia de algún noviazgo ya perdido en el pasado, me recrimino no haber aceptado la invitación a salir que me hizo un amigo hace como tres meses, pienso en mi perrito que murió hace como cuatro años, vuelve a mí la imagen de los numeritos de la báscula, concientizo sobre la cantidad de chocolate consumido y ya, no puedo evitarlo, ¡rompo a llorar!
Lloro desconsolada, vuelvo a cuestionar a mamá, esta vez por preguntar qué me pasa; me encuentro de nuevo con el espejo y sigo llorando ante él decepcionada por el desastre de mi maquillaje. Lavo mi carita de mapache – agudizada con la hinchazón provocada por el lloriqueo – y me repito que ha sido un día terrible.
Pero ya, prefiero dejar de escribir; necesito dejar de lado mi computadora y salir corriendo a comprar una nueva ración de chocolates con la que pueda disipar otro inminente ataque de ansiedad. :-(