Fe y Coquetería como Herencia... De las memorias del corazón III
Tal vez no sea yo la más bonita, pero es gracias a mi abuelita linda que me lo digo y me lo creo a diario y nadie, hasta el momento, ha logrado hacerme dudar de eso. Gracias a ella conocí la elegancia y la coquetería como signos de feminidad; descubrí que la alegría del espíritu también puede llevarse muy bien en la ropa cuando permites que tu closet se invada de colores, porque las mujeres así como las flores honramos al mundo cuando nos vestimos con su luz; aprendí que los collares, las pulseras, los zarcillos y una pintura de labios no son trivialidad cuando seriamente asumes adornarte el cuerpo con la sublime intención de permitirle brillar un poco más de lo natural, no en actitud pretenciosa, sino en un acto de veneración hacia la vida, un gesto de gratitud con la existencia.
Todavía hoy, imagino sonreír a mi abuelita cuando me visto de rojo, cuando combino perfectamente mis accesorios, cuando me miro al espejo preguntándome si habré quedado más bonita luego de alguna acicalada; sorprendentemente siempre viene a mí esa canción, “Nhuna, Nhunita, la más bonita”, y entonces soy yo quien de inmediato sonríe, entendiendo de nuevo, gracias a mi abuelita, que no es lo que me pongo lo que me hace bonita, que ya Dios me hizo perfecta y que los adornos que le sumo a mi presencia física son simplemente una rica forma de jugar a vivir, de agradecer que nada me falta, de bendecir lo que soy.
Es que de mi abuelita Nuna aprendí también el pleno sentido de la religiosidad, no sólo fue ella quien me enseñó a coquetearle a la vida, y a hacer del amor por mí misma un modo de agradecimiento con el universo; sino que a través de ella cultivé el valor inmenso de la Fe, supe del poder inmensurable de una Oración y descubrí la serenidad que produce la confianza en Dios.
En la dulzura de su voz, me encontré desde chiquitita, acostada en su regazo, con las líneas del Padre Nuestro, supe de la historia de una mujer llamada María, y escuchándola recitar cada uno de sus tres Rosarios diarios fue que aprendí el Dios te Salve.
Ahora, en mi presente, mientras rezo, casi siempre me recreo tratando de adivinar cuál de todas esas oraciones no ha sido heredada de mi abuela. Al final, no puedo más que sonreír, porque sé que no sólo obtuve de ella -además de mi inclinación hacia la excesiva feminidad- los textos de casi todas mis oraciones, sino también la certeza de la divina presencia de Dios. Y por eso, y sobre todas esas cosas, es en ella en quien preservo la garantía de una eterna protección en mi vida; porque si hay algo de lo que no tengo duda alguna es del angelical amparo que ejerce mi abuelita en mi existencia hoy. Aunque algunas veces olvide orar; y aunque a veces el ánimo no me alcance para engalanarme como a ella le gustaría; no olvido jamás que desde las estrellas es mi abuelita Nuna quien sonriente, y cantando un Ave María, sigue rezando por mí.
















