viernes 30 de marzo de 2007

Fe y Coquetería como Herencia... De las memorias del corazón III


Esta mañana mi pensamiento amaneció tarareándome al oído, bien bajito, casi como para que sólo escuche mi corazón, la canción que siempre entonaba mi abuelita Nuna para alimentarme el ego desde niña. Ella ya no está físicamente con nosotros, pero puedo jurar que es su voz la que escucho cada vez que mi mente saca alguna cancioncita vieja de las memorias de mi alma. Tal como ha sucedido hoy, cuando desde mi despertar - luego de una noche en la que soñé con ella - se me recrea el corazón con el recuerdo de su vocecita dulce canturreando “Nhuna, Nhunita, la más bonita”...

Tal vez no sea yo la más bonita, pero es gracias a mi abuelita linda que me lo digo y me lo creo a diario y nadie, hasta el momento, ha logrado hacerme dudar de eso. Gracias a ella conocí la elegancia y la coquetería como signos de feminidad; descubrí que la alegría del espíritu también puede llevarse muy bien en la ropa cuando permites que tu closet se invada de colores, porque las mujeres así como las flores honramos al mundo cuando nos vestimos con su luz; aprendí que los collares, las pulseras, los zarcillos y una pintura de labios no son trivialidad cuando seriamente asumes adornarte el cuerpo con la sublime intención de permitirle brillar un poco más de lo natural, no en actitud pretenciosa, sino en un acto de veneración hacia la vida, un gesto de gratitud con la existencia.

Todavía hoy, imagino sonreír a mi abuelita cuando me visto de rojo, cuando combino perfectamente mis accesorios, cuando me miro al espejo preguntándome si habré quedado más bonita luego de alguna acicalada; sorprendentemente siempre viene a mí esa canción, “Nhuna, Nhunita, la más bonita”, y entonces soy yo quien de inmediato sonríe, entendiendo de nuevo, gracias a mi abuelita, que no es lo que me pongo lo que me hace bonita, que ya Dios me hizo perfecta y que los adornos que le sumo a mi presencia física son simplemente una rica forma de jugar a vivir, de agradecer que nada me falta, de bendecir lo que soy.

Es que de mi abuelita Nuna aprendí también el pleno sentido de la religiosidad, no sólo fue ella quien me enseñó a coquetearle a la vida, y a hacer del amor por mí misma un modo de agradecimiento con el universo; sino que a través de ella cultivé el valor inmenso de la Fe, supe del poder inmensurable de una Oración y descubrí la serenidad que produce la confianza en Dios.

En la dulzura de su voz, me encontré desde chiquitita, acostada en su regazo, con las líneas del Padre Nuestro, supe de la historia de una mujer llamada María, y escuchándola recitar cada uno de sus tres Rosarios diarios fue que aprendí el Dios te Salve.

Ahora, en mi presente, mientras rezo, casi siempre me recreo tratando de adivinar cuál de todas esas oraciones no ha sido heredada de mi abuela. Al final, no puedo más que sonreír, porque sé que no sólo obtuve de ella -además de mi inclinación hacia la excesiva feminidad- los textos de casi todas mis oraciones, sino también la certeza de la divina presencia de Dios. Y por eso, y sobre todas esas cosas, es en ella en quien preservo la garantía de una eterna protección en mi vida; porque si hay algo de lo que no tengo duda alguna es del angelical amparo que ejerce mi abuelita en mi existencia hoy. Aunque algunas veces olvide orar; y aunque a veces el ánimo no me alcance para engalanarme como a ella le gustaría; no olvido jamás que desde las estrellas es mi abuelita Nuna quien sonriente, y cantando un Ave María, sigue rezando por mí.

jueves 29 de marzo de 2007

La Libertad en Internet ¿También para Ana y Mia?




Aunque sobre Tecnologías de Información hablo con mayor seriedad en otro blog, necesité traer a este espacio la reflexión. Siempre he expresado que la Red me resulta una maravilla por la Libertad que supone; como bien se sabe Internet da para todo y para todos, pero este hecho genera que, por supuesto, en algún momento lleguemos a escandalizarnos ante ciertos tópicos con los cuales nos topamos al navegar alegremente.

Así que llegó de nuevo mi turno, no soy fácil de escandalizar pero debo confesar que he tenido unos cuantos instantes de turbación; esta vez al permitirme leer blogs y websites dedicados a promover la anorexia y la bulimia. Superé mis niveles cotidianos de perplejidad al saber sobre la divulgación de tips para, por ejemplo, “practicar ayuno total durante diez o quince días y no morir en el intento, manteniéndolo en secreto, ¡claro! porque alguien al enterarse seguro que de la envidia te haría algún comentario malintencionado en cuanto a los efectos en tu salud.”

Quedé paralizada por un momento; y en tono bien confianzudo dije al Altísimo: -¿Qué tal Diosito? ¿Qué te parece? ¡Mientras alguna monjita prodigiosa ofrece ayunos para procurar el milagro de la erradicación del hambre en el mundo, pues resulta que unas cuántas féminas lo practican por la pura banalidad de procurar su extrema delgadez!– Aquí entre nos, casi tuve la osadía de tener un pensamiento detractor hacia mi amada Multi Malla Mundial considerándola realmente una ¡manifestación demoníaca!

Gracias a Dios, retomé de inmediato mi cordura y serenidad; recordé que Internet es algo así como un mundo paralelo y que en esta plataforma logro ver siempre más bondades que detrimentos, tal como me sucede con la vida misma. Pero sigo contrariada, ya no porque sea posible que se promuevan asuntos como la bulimia y la anorexia en la Red, sino por el particular hecho de que estos fenómenos existan en la humanidad.

Me impresiona todavía, que seamos capaces de morirnos de hambre y despreciar la bendición del alimento, sólo para obtener una apariencia física que responda a no sé qué cánones de belleza. Es que inclusive yo, coqueta en exceso y preocupada por mi silueta, pero igualmente golosa y holgazana confesa, debo admitir que prefiero como sacrificio una rutina de ejercicios y una aburrida dieta balanceada.

Pero en fin, de eso se trata la libertad ¿no? Y así como los humanos lo hemos dispuesto en Internet, Dios dispuso que en la vida hubiera espacio y libertad para todo y para todos. A este punto, me asombró como siempre, y otra vez al extremo de asustarme, el don del libre albedrío.

Sin embargo, apelé a mi personalidad ortodoxa para reconfortarme pensando que afortunadamente, así como en la vida, también ya discutimos sobre la Ética para la Red; sobre la necesidad de establecer algún marco moral y normativo que impida que, en nombre de la libertad, se promuevan ideas desquiciadas. Porque es desquiciada cualquier invitación a que el hombre se lance al abismo, se haga daño a sí mismo; y si hay algo que dudo esté en discusión ética, moral y hasta filosófica, es el deber humano de evitar lanzarse al abismo o hacerse daño a sí mismo, aunque ante tales opciones igualmente se posea la libertad de elegir.

miércoles 28 de marzo de 2007

Palabras válidas, aunque sin razón y sin destino...


LA VIDA FLORECE COMO TODA COSA NATURAL...

EN EL INSTANTE MÁS SUBLIME,
EN EL MOMENTO MÁS INESPERADO,
EN EL PERÍODO MÁS ESPECIAL DE CADA HOMBRE...

PERO SIN DUDA,
FLORECE Y SE EXPANDE,
SIEMPRE,
EN EL TIEMPO MÁS OPORTUNO,
EN UNA ETAPA INDIVIDUALMENTE PERFECTA...

LUEGO,
CUANDO DESCUBRES TU FLORECIMIENTO,
CUANDO LO EXPERIMENTAS,
CUANDO FINALMENTE DESPIERTAS,
CUANDO TIENES CONCIENCIA DE TU TIEMPO,
CUANDO ASUMES EL VALOR DE EXPEDIR TUS DIVINOS AROMAS,
Y DEJARTE ACARICIAR POR EL UNIVERSO;
SÓLO ENTONCES,
YA PUEDES DECIR QUE EXISTES.


lunes 26 de marzo de 2007

Para quienes viven de intentar sabotear la vida de otros...

Ni creas que puedes!
Te lo aseguro; tu afán por hacerme daño sólo puede lograr que tu alma quede más diminuta y desierta de lo que ya debe ser… Así que no puedo más que compadecerte, porque qué inmensas han de ser tus carestías que pierdes tu tiempo conmigo; conmigo, que hace tanto aprendí a obviar desgastarme en actitudes defensivas; conmigo, que prefiero distraerme en el montón de bendiciones que DIOS me presenta a diario…

Definitivamente imposible; para lograr escamotear lo que soy tendrías que involucrarte en lo más importante de mí, tendrías que profundizar demasiado, tendrías que arriesgarte realmente a conocerme… Tú, que ya me has demostrado el pavor que le tienes a la vida, ¡Imagínate!, ¿qué valor puedes tener para ir al centro del ser de alguien más, cuando siquiera te habrás permitido alguna vez ir al centro de ti mismo?

Que te quede claro; para tener algún tipo de impacto en mi vida es preciso primero que yo te dé esa relevancia, que te dé permiso, que te deje estar y ser… Y, divinamente, sólo doy relevancia, sólo doy permiso, sólo dejo estar y ser a mi alrededor, a los milagros que hacen de mí hoy lo que soy…

Entretanto, ¡Ni creas que puedes! Apenas, logras hacerme reflexionar al respecto. Apenas, logras que por la pura necesidad de vaciar mi pensamiento deje por aquí algunas líneas sin destinatario. Apenas, haces que siga nutriendo mi intelecto en este vaivén de palabras.

¿Qué te parece? Al final, antes que hacerme daño, premeditada o inconscientemente, como tal vez desearías por vana ociosidad, terminaste no más impulsando mi creatividad, entreteniendo mi espíritu… ¡Felicítate! ...porque lograr esas dos cosas es mucho más digno.

miércoles 21 de marzo de 2007

Familia… ¡El sabor más dulce!


Regresamos del viaje a La Ciénaga, el pueblito falconiano de mis ancestros donde veneran con fervor a San José, cuyas fiestas sirven de excusa perfecta para el reencuentro de sus hijos y el abrazo de los coterráneos. La visita estuvo tan rica como esperaba; el clima fue favorable, la brisa nos acarició como siempre, la música nos acompañó ininterrumpible y las emociones se mantuvieron constantemente a flor de piel.

Como ya conté una vez, volver a La Ciénaga es exaltar en mi corazón el recuerdo imperecedero de mi abuelito paterno. Caminar por las empinadas calles de ese terruño, mientras el sol se hace sentir como nunca en mi piel, es la manera más hermosa de evocar en mi pensamiento a mi viejito querendón. Pero este año hubo un evento que añadió sazón a las emociones de la visita; la noticia de la imposición de la orden “Patriarca de San José” a la generación descendiente de mi abuelo, fue una especial oportunidad para reunir en su pueblo natal, y en un ambiente divinamente festivo, a gran parte de sus hijos y nietos.

Durante la estadía en esas montañas, hermanos, primos, tíos y sobrinos volvimos a reunirnos para cantar, bailar, reír y apurruñarnos como en los tiempos de otrora; cuando mi abuelito inventaba, al menos una vez al año, alguna celebración con la única intención de tener la dicha de vernos juntos. Es que si hay una palabra cuyo significado pleno aprendí de mi abuelito, es “Familia”, y gracias a él en ella encuentro el sabor más dulce y puro de mi vida, la más refrescante experiencia que haya valido la pena conocer.

Allí, mientras nos abrazábamos, cantábamos y bailábamos, me sorprendí admitiendo que era demasiado el tiempo sin reunirnos a celebrar; que en los últimos años, luego de la muerte de mi abuelito, sólo nos quedaron las enfermedades o la muerte de alguien más como razón obligada para volver a vernos. Me estremeció por un momento la idea, y de inmediato rogué a Dios, y a San José, porque a partir de ahora nos inventemos siempre algún motivo para celebrar; porque a esas celebraciones - que nos hicieron viajar a diversas partes del país unas tres veces cada año, sobre todo para complacer los ánimos festivos de mi abuelito - les debo hoy la emoción inigualable que me embarga cuando me encuentro en la mirada de mis tías, cuando me cubren los brazos de mis tíos o cuando cómplice de alguna broma río a carcajadas con mis primos.

No pude más que bendecir mil veces a mi abuelito; porque gracias a esas fiestas antojadizas heredamos de él la alegría de vernos juntos, y hoy, en la familia reconocemos nuestros tesoros más valiosos, convertimos en música cualquier frase en nuestras voces, nos extrañamos con la mayor de las nostalgias y son nuestros encuentros el momento donde nos queda mejor la sonrisa.

jueves 15 de marzo de 2007

El Don de Escuchar a los Demás


Periodista al fin y al cabo, me caracterizo entre quienes me conocen por hablar demasiado. Soy una parlanchina incansable y mis enunciados pueden tratarse tanto de asuntos de circunspección profunda como de aderezadas banalidades. Muchas veces, hasta he considerado que he debido, en nombre de alguna armonía deseable, evitar pronunciar palabra alguna; pero del mismo modo que he pecado al hablar de más - en tantas ocasiones - he acertado también en darle el espacio digno al absoluto silencio, cuando reconozco en mi ser que es la mejor de las respuestas que puedo dar ante acciones que no están a la altura de las palabras.

Pero más allá del hablar como virtud, considero inigualable el don de saber escuchar. Lógicamente, para quienes utilizamos la voz hecha verbo para hacernos sentir, ser escuchados es toda una bendición. Particularmente, se me hace indispensable tener la certeza de que me escuchan, inclusive cuando me expreso a través de mis silencios.

Esa necesidad tan mía de ser escuchada es con toda seguridad la razón que me empuja a perfeccionar día a día mi capacidad de oír a los demás. Soy tan tozuda en esa intención que puedo abandonar físicamente una conversación importante, pero nunca dejar de insistir luego mentalmente -¡durante horas! - en comprender cada una de las ideas expresadas por el otro en la tertulia.

Es que aprendí que “Cada quien dice lo que dice y cada quien escucha lo que escucha”; que generalmente, las personas emiten sus ideas cargadas de emociones, vivencias e interpretaciones muy propias, muy íntimas, y que de igual modo acostumbramos a captar las expresiones de los otros desde nuestras emociones, vivencias e íntimas interpretaciones.

A partir de tales afirmaciones la verdadera comunicación parece prácticamente imposible. Cómo pueden dos seres humanos llegar a un acuerdo si las interpretaciones de cada uno sobre lo que diga el otro al final serán tan subjetivas que tal vez no tengan nada que ver con lo que realmente ese otro quiso decir. Cómo comprender la realidad de alguien más desde la nuestra, si es que hasta intentando ponernos en su lugar no haremos sino verla desde lo que somos, desde nuestros ojos, y no desde los suyos, no desde lo que es ese alguien más.

Pero quién sabe, en definitiva los individuos coincidimos en nuestra naturaleza humana. Quiero confiar en que apelando a ella, realmente, cuando nos lo proponemos, dejando de lado nuestro ego, podemos escuchar; oír, entender, confortar, incentivar, acompañar; aceptar a los demás.

martes 13 de marzo de 2007

Bendigo mi Abundancia

Acostumbro que mis conversaciones con Dios sean muy íntimas, pero tengo tanto que agradecer y bendecir en mi vida, que me animo en manifestación pública a honrar la existencia. Así hoy:

Agradezco y bendigo mis brazos, porque en ellos Dios me concede la facultad de tomar del mundo todo aquello que me pertenece; pero sobre todo, me otorga la fuerza para a través de ellos extender una mano amiga y abrazar al ser amado.

Agradezco y bendigo mis piernas, porque unidas a mis pies me mantienen firme y sirven de vehículo perfecto para recorrer infinitos senderos; pero sobre todo, en ellas reconozco que el único instante realmente valioso y nuestro es aquél que pisamos hoy, que es infructuoso mirar atrás o preocuparse por el paso siguiente, que ciertamente se hace camino al andar.

Agradezco y bendigo mis sentidos, porque a través de ellos palpo la vida; pero sobre todo, me dignifico como ser humano cuando me doy permiso para con ellos admirar desde el alma la grandeza del universo.

Agradezco y bendigo la agilidad de mi mente, porque en ella Dios me regala la virtud de la razón, la capacidad de discernir, la posibilidad del conocimiento ilimitado; pero sobre todo, me ofrece el espacio ideal para construir mis más puros pensamientos y cuestionar con argumentos positivos toda duda o miedo.

Agradezco y bendigo la plenitud de mi alma, porque en la profundidad de mi ser logro reconocerme, experimentar la calma, la riqueza interior y el poder de la fe; pero sobre todo, porque conectada con mi conciencia experimento siempre el amor de Dios y en mi serenidad me deleito con su manifestación más hermosa en el milagro constante de nuestra libertad.

Nota al Pie: La imagen al encabezado es obra del artista argentino Raúl Pietranera: "Abundancia" Óleo/Madera

viernes 9 de marzo de 2007

La Ciénaga... De las memorias del corazón II

Anoche tuve uno de mis sueños recurrentes; estaba en un lugar para mí muy conocido y rodeada de la familia paterna. Inclusive, personas que ya hoy se han ido de esta vida estaban ahí. Constantemente sueño con esas reuniones familiares, los escenarios cambian pero siempre me veo acompañada de mucha de mi gente importante; mostrándose todos sonrientes y festivos, tal y como aún sucede bastante en mi vida cotidiana.

No tengo escena en particular que destacar de la experiencia onírica, sólo que estábamos en casa de una prima hermana de papá que acostumbramos visitar desde que yo era niña, en el pueblito falconiano de mis abuelos; La Ciénaga, - una comarca de frescas montañas que se levanta frente al mar en las cercanías de Cumarebo, en el estado Falcón, en Venezuela, ¡Mi país! -.

Amanecí rebuscando las razones por las cuales mis sueños me llevaron hasta allá. Fue fácil, en unos días serán las fiestas de San José, el patrono; una tradicional celebración que para mi abuelito paterno siempre tuvo gran significado. Mi mamá, mis otros abuelos y muchos de mis tíos también nacieron allí; pero es a mi abuelo Monche a quien le debo los profundos sentimientos que experimento en ese rico rinconcito del planeta.

Mis padres me cuentan que de carricita fui muchas veces a las fiestas; pero no lo recuerdo. Mis memorias sobre las festividades de San José insisten en aferrarse a la celebración del año 2000, cuando mi abuelo recibió un merecido homenaje y fue declarado patrimonio cultural del pueblo; como digno reconocimiento a su talento musical, el cual dedicó en gran medida a esa tierra luz que le vio nacer.

Ese año, mi abuelito me pidió que le escribiera las palabras de agradecimiento, y que además fuese yo quien en nombre de toda la familia me dirigiera al público la noche del homenaje. Mi abuelo falleció cuatro años después, sin saber que aquél fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida.

El año pasado, en el mismo escenario donde mi abuelo fue aplaudido aquélla noche del 2000, me tocó presentar esta vez al grupo musical de papá. Allí estaba yo otra vez, frente a muchas de las personas que escucharon mis palabras unos años antes, hablándoles de nuevo de mi abuelito Monche, porque es imposible recorrer esas calles; o abrazar a la familia que sigue viviendo allí, o escuchar la misa en honor a San José, o dejar a la brisa acariciar mi cabello, o mirar al mar desde esas montañas; y no pensar constantemente en mi abuelo, permitiéndole además al corazón tararear suavecito alguna de las tantas canciones que le dedicó a su terruño.

Ahora, cuando vamos cada año, gracias a la insistencia de algunos primos y al alegre consentimiento de papá, los días alrededor del 19 de marzo constituyen para mí una carga de emoción inigualable.

Volver a La Ciénaga, en los días que se viste de gala para recibir a sus hijos, no es sólo pisar la tierra que mi abuelo me enseñó a querer; es también reencontrarme desde el alma con las más sublimes emociones de aquél viejito que me pagaba un bolívar por sacarle canas, sólo para tener la dicha de mantenerme cerquita un ratito mientras me hablaba de sus recuerdos y de sus canciones; es tener la experiencia única de sentir cómo mi corazón se pone arrugadito de nostalgia y mis ojos se llenan de lágrimas, pero jamás de tristeza, sino por el regocijo de saber que mi abuelito está ahí, que sonríe al vernos juntos, y que a su pueblo le canta y le sigue amando a través de nosotros.

miércoles 7 de marzo de 2007

Perfecta Intimidad


En mis momentos más íntimos, cuando incluso el famoso personaje llamado soledad me abandona, le siento; le percibo como aroma sutil que, más que inundarme, parece surgir desde mis entrañas para colmar todo el ambiente exterior…

Es triste que algo tan hermoso no pueda ser masivamente apreciado, que esta experiencia incomparable solamente pertenezca a quien asuma vivirla y que en cambio subsista furtiva en quienes inconsciente y brutalmente le niegan manifestarse…

Así es la existencia, presencia constante en toda criatura sensible, compañía incondicional para cuando, en un llamado angustioso, el alma se declara sedienta de esa ilimitada serenidad; y apenas al invocarse en el pensamiento, comienza su precavido asomo para dejarse admirar a plenitud por la mirada interna de quienes osan tentar a la calma, logrando así ser exteriormente perceptible, palpable…

Basta un breve instante, una única experiencia plenamente gozada, saboreada a detalle, para que cualquier individuo entienda con propiedad la descripción precedente; para comprender con exactitud lo que significa para un ser vivo conciliado con su espíritu, en justa medida expresiva, cada una de las líneas aquí expuestas…

Lástima que los seres humanos nos permitamos el desperdicio de ser, la mayoría de las veces, tan poco humanos, al punto de hacérsenos casi imposible compartir abiertamente la experiencia de la perfecta intimidad con alguien más; o vivirla en conjunto… Asumiendo al fin que somos todos iguales, dignamente capaces de dar vida al amor, serlo, sentirlo y, mejor aún, expresarlo.

martes 6 de marzo de 2007

Amor Verdadero... De las memorias del corazón.


Si algún día, luego de un cúmulo satisfactoriamente considerable de vivencias, decidiese finalmente cometer la osadía de escribir el libro de mis memorias, sin duda que muchas de sus páginas estarían dedicadas a hablar de mis abuelos. Es que así como dicen que se puede tener una percepción de quién eres a partir de las personas de las cuales te rodeas, no es menos cierto que tu esencia se nutre de la riqueza de aquellas almas que te acompañan y recrean tu espíritu desde la niñez. Y aunque indudablemente papá y mamá son pieza fundamental en la conformación de tu carácter, son los abuelitos quienes mejor contribuyen a fortalecer tu corazón.

Tres de ellos ya se fueron; entretanto, hoy mi abuelita materna ya cuenta 86 años, adornados con una sabia mirada y una constante sonrisa, los mismos gestos que refrescan a diario mis amaneceres, cuando en ella reconozco la manifestación más pura de gratitud con la vida.

Cuando la observo no puedo más que reiterar que, desde mi infancia, en ella he descubierto el significado de la bondad y el valor de la solidaridad, he aprendido que toda acción que te permita sentirte útil enriquece y bendice tu existencia, he entendido que la emoción y alegría de la vida no terminan con la vejez sino cuando te rindes, y que tu salud y vigor no dependen tanto de tu capacidad física sino de tu fuerza espiritual.

Aún hoy, a sus 86 años, mi abuelita materna sigue diciéndome con sus acciones que no hay nada más gratificante en la vida que servir a los demás, que te haces grande cuando con toda la humildad posible eres capaz de rendirte a satisfacer la necesidad del otro.

Pero, por sobre todas las cosas, de ella insisto en aprender sobre la diferencia real entre tolerancia y aceptación; en cómo es más digno para los humanos comprender que definitivamente somos todos diferentes, que es esa diferencia la que permite la armonía en el mundo, y que si aún no logramos percibir esa armonía es precisamente porque nos limitamos a tolerar en los demás las cualidades que los distinguen de nosotros, en vez de sabiamente mirarlas y aceptarlas; convirtiendo así nuestra actitud ante los otros en la mejor manera de honrar a Dios, a través de la más hermosa demostración de amor verdadero.

viernes 2 de marzo de 2007

Hambre de Sueños



Mi dulce niña tiene hambre de sueños, descubrió hace poquito que tal vez, en algún rincón de los diversos vericuetos que ha transitado de la mano de sus travesuras, dejó olvidado el maletincito donde iba guardando sus ilusiones.

Su naturaleza infantil insiste en permanecer, no sabe si por amor propio o por la ansiedad de su espíritu, pero su instinto calladito se esfuerza en continuar mirando el mundo con inocencia; en no perder la capacidad de asombro, la emoción de la esperanza, la certeza de la felicidad como esencia perpetua del alma, ni la virtud de poder descubrir el valor de las cosas simples o pequeñas.

Batalla en demasía porque se niega a desvanecer enferma de cotidianidad, se desespera pues necesita descartar la posibilidad de estar infectada de muerte por la rutina.

A veces inclusive se culpa, se cuestiona pensando que quizás en algún instante que ya no recuerda debió haberse quedado dormida mientras su ser aprovechó el descuido para perderse en el aburrido mundo de los adultos. Finalmente despertó, fue cuando descubrió entonces que una gran dimensión de sí misma estaba invadida de preocupaciones tontas, de pensamientos insidiosos, de circunspecciones extremas, de ilógicas desesperanzas; y debido a la confusión, el desvarío y la consternación, casi muere de desconsuelo. Pero es una niña, afortunadamente; y los niños no saben de derrotas. Así pues, la desazón que a veces la acosa le dura muy poquito, se la sacude en cuanto encuentra oportunidad y animada por el íntimo entusiasmo propio de su esencia, - inexplicable para los carentes de fe pero comprensible y lógica para los sabios - al entender definitivamente que de poco le sirve llorar por su olvidado maletín, asume la osadía de emprender inéditas aventuras y regalarse ilusiones nuevas.

Entonces quiere saborear sueños, revolotea insaciable entre nubes de fantasías, se zambulle en frescos lagos de pensamientos vivaces, respira agitada procurando detectar aires prósperos y se tiende alegremente en el suelo; de manos abiertas y de cara al sol para sentir su calor, para que esa potente luz que impide abrir sus ojos la invite por fin a mirarse por dentro, a reconocerse, a sentirse; admitiendo al final que estar allí ya es suficiente para sonreír; que ser dueña y testigo consciente del espacio entre el sol y la luna ya es bastante como para permitirse vivir a carcajadas.