martes 18 de diciembre de 2007

Apostando a perder...


¿Y cómo le dices adiós a la eternidad? ¿Cómo te despides de lo que nunca se va? ¿Cómo le abres la puerta de salida a lo único que deseas permanezca dentro de tu alma? ¿Cómo te obligas a que se te desvanezca el aroma que te hace más fácil respirar? ¿Cómo te animas a cerrar tus ojos para no disfrutar de la luz que con su divina claridad hace más firmes tus pasos?

¿Cómo te dejo ir? ¿Cómo me permito dejar de regalarte todo lo que soy? ¿Cómo es que tengo que entretener a mis sentidos para que ya no sigan exaltándose por ti? ¿Cómo renuncio a tenerte? ¿Cómo es que sacrifico ilusión y ganas en nombre de tu libertad?...

… ¡Por Dios!... ¡Tu libertad! Ya ves la respuesta a todo.

Es simplemente que soñé, otra vez, que por un momento me pertenecías, que por un instante sólo yo tenía en el universo el divino derecho a ser tuya, a ser la desbocada razón de tu única felicidad, ¡cómo si tal bendición pudiese decidirla yo!

Desperté, me trajo de vuelta a la realidad tu natural ansia de ser libre, tu potestad para elegir, tu opción por la honestidad, tu deseo irrenunciable de vivir. Y más que todo, me invitó a reaccionar este amor irremediable, este amor que te tengo y que siempre, al final, hace que mis dolores y reproches queden vencidos por mi necesidad, más que mi capacidad, de entenderte. Este amor ideal que insiste en estar a la altura de la creación, de la suprema divinidad, y entonces callar, hacer silencio, demostrar su pureza de intención admitiendo que este no es tu lugar, que al menos no quieres ahora que sea, y que sólo puede trascender en tu vida, hoy, a través de la renuncia.

Así entonces, antes que intervenir en tu albedrío, prefiero despedir a la eternidad, decir adiós a lo que no se va, vaciar mi alma, dejar de respirar, cerrar mis ojos, dejarte ir, guardar lo que soy, castigar a mis sentidos, renunciar…

En fin, prefiero desgastarme en lo imposible.