domingo 2 de septiembre de 2007

Lluvia que sanas...


Hace más de media hora estoy aquí, lánguida sobre el cómodo tronco del único árbol que queda en el patio de la casa, dejando que la lluvia me empape… Hace días dentro de mí llueve sin control, supongo que ya se me inundó el espíritu y por eso la naturaleza compasiva decidió que era momento de hacer llover afuera… Las gotas de lluvia pesan, lo sé porque más que acariciar golpean mi rostro una por una, revientan en mi cara y se diluyen con la misma lentitud inclemente que intenta sanar mi alma.

Ya la ropa no soporta tanta humedad, así que me despojo de ella. Mi cuerpo ahora desnudo y ya bastante mojado se abandona a ser bañado por el cielo. Paradójicamente, el agua helada que me recorre entera hierve de pronto, se evapora hecha humo al contacto con el calor infernal que sigue expidiendo mi piel. Pero es excesiva mi postración… y la lluvia sigue cayendo insistiendo en amarme, mientras mi cuerpo adolorido, con las heridas abiertas todavía, prefiere abandonarse a la posibilidad de que baje su temperatura y entonces dejarse querer.

Ahora sí, cada divina gota de lluvia me acaricia, cada una al caer sobre mí suavemente me roza, se expande y hecha mínima corriente se pasea lentamente; desde mi frente hasta mi boca, desde mi pecho hasta el nacimiento de mis piernas, desde mis muslos hasta la punta de mis pies; como para dejar constancia cada una de haberme tocado.

Me invade el cuerpo un refrescante cosquilleo y comienzo a sentir frío. La mágica lluvia que vino a amarme casi cesa ya, se convierte por un rato más en apacible llovizna. Abro mis ojos y logro admirar al rocío apoderándose de las verdes hojas que a una parte de mí le sirven de cobijo. Respiro hondamente y me sorprendo al percatarme de que, esta vez, cuando pasa el aire a mis pulmones, no duele.

Sonrío, sólo por dentro, pero tanto que en mi boca se nota. Y lo hago más abiertamente cuando descubro que - gracias a la lluvia - hace un buen rato ya dejé de pensar en él.

Bastó el aguacero para borrar sus huellas porque, aunque hondas, por falsas y amargas son de liviano discurrir; mucho más cuando busca diluirlas un torrente de amor puro.

El sol intenta asomarse, sus cálidos rayos me saludan y entusiasmados vienen a jugar en mi piel, todavía salpicada y despojada de todo. Allí, extasiada sobre el tronco mojado me dejo secar por el esposo de la luna, él la engaña conmigo sólo un rato, sólo mientras de ardiente beso en beso desvanece mi humedad.

Vuelvo a ser yo… y empieza de nuevo a llover. Sonrío otra vez, mi cuerpo ahora tibio se abandona a empaparse una vez más, repetidamente. Porque así como un aguacero trajo tanto bienestar a mi cuerpo, convencida estoy que otros dulces torrentes del cielo le han de hacer a mi alma mucho bien.

4 Y tú qué dices?:

Nosg dijo...

Es posible?

tanto puede limpiar el agua?

titomon dijo...

Es el ir, venir. cada quien sana bien sea la intención de olvidar o la acción de querer ser olvidado.

Somos un ciclo...

recuerdalo.

besos

Vigi dijo...

yo siempre he dicho que no hay mal que no cure un buen baño de agua de lluvia...

muchas_dudas dijo...

Me encanta como escribes y como te expresas.

Ves a mi blogspot y comentame tu a mi tambien porfavor.

Lee mi historia.