martes 19 de junio de 2007

Inclemencias de la vida y del tiempo...


Si al menos me ofrecieras una tregua, un breve lapso de quietud para detallarte y saber exactamente qué esperas de mí. Hace tanto ya tengo conciencia de ti y, aún así, son pocos los instantes en los que he tenido la certeza de estar haciendo contigo lo correcto; al contrario, más bien son demasiadas las veces que llego a preguntarme si estarás de acuerdo con cada paso que me arriesgo a decidir que demos…

Qué reconfortante sería si me permitieras siquiera una pequeña oportunidad para observarte desde lejos, sólo un poco, e intentar desde allí colocar todo en su justo lugar antes de volver a incorporarme en esta, mi propia cotidianidad. Me gustaría tanto poder ir despacito, disfrutando de a trozos pequeños el universo que a diario me regalas, ¡pero no! nuestro agitado mundo te hace llevar siempre ese tan natural ritmo apresurado, ese paso acelerado que asumes casi olvidando a veces que me llevas de tu mano, a mí que prefiero antes que nada distraerme en cualquiera de mis recorridos…
Y entonces te vuelves y aprietas fuerte mis dedos; de algún modo, con un guiño o alguna desagradable mueca, irrumpes en mis excesivos merodeos y me haces pisar tierra de nuevo, advirtiéndome una vez más que no vas a detenerte.

Inclusive, mientras me invitas a reaccionar sigues adelante, vas alejándote en calma y con total despreocupación. Entretanto, yo paralizada siento cómo el terror me invade el alma al admitir que, aunque parezcas pertenecerme, soy yo quien formo parte de ti y sólo cuando conscientemente así lo asumo, pues de lo contrario mis descuidos simplemente me hacen experimentarte menos, me hacen evadirme en abstracciones inútiles que apenas sirven para darle algún sentido real a la temible soledad; la que oscurece, la que suspende, la que duele porque sabes que no tiene nada que ver con el encuentro íntimo sino más bien con la irremediable pérdida.

Así pues, en tanto que insisto en detenerme a mirar, mientras me enredo en reflexiones, temores o desvaríos, tú vas allí, más adelante cada vez, a una distancia que si no me empeño en salvar será tan grande que habré de resignarme a concluir que ya no me llamas, que ya no me obligas a ir contigo, que esa experiencia única e irrepetible que me toca junto a ti, inevitablemente incesante, parece ya estársenos escapando.

2 Y tú qué dices?:

Laguado dijo...

Hola Amiga, me gusta su página es muy interesante. Me agrada mucho y me gusta su actualización.

Saludos quisiera poder enviarles unas fotos para que las use en su Blogger

titomon dijo...

Que tanto pudieras arriesgar o perder?. A final de cuentas el miedo es simplemente la cobardía del amor desesperado. Mirando de lejos, mirando a las ausencias y los retornos, las medias vueltas y los adioses.

no vuelvas a apretar los dientes cuando da la media vuelta muerde sus labios cuando se acerque.