De cómo esclavos de prejuicios somos víctimas de miedos…
El rosario que dio fin a la novena con la cual encomendamos a Dios el alma de nuestro amigo David recién lo hemos terminado de rezar. Nos quedamos juntas un rato más, sus amigas, su madre, su novia, su hermana y sus tías, acompañándonos en silencio mientras cada una evocaba en su pensamiento alguna escena protagonizada, individualmente, en la vida de aquél muchacho juguetón y desparpajado que partió de esta dimensión terrenal antes de lo previsto, al menos a juicio de nosotras.
Una bandeja extendida ante mí ofreciéndome una taza de café me trae de vuelta desde mis pensamientos al salón; muchos se despiden ya de la familia, han venido de otras ciudades y es prudente iniciar el retorno cuanto antes. Son las dos de la madrugada, advierto pues que es también hora de irme, porque la vuelta a casa supone al menos veinte minutos frente al volante del auto, en solitario por la fría carretera.
Me despido con las usuales, pero no por ello poco sentidas, palabras de condolencia y resignación. Subo al automóvil, pienso de nuevo en David, sonrío al recordar algún instante nuestro de camaradería y de algún modo parece que fuese su voz la que al oído me susurra que deje de pensarle, que el motor ya calentó lo suficiente y debo iniciar el regreso a casa.
El camino aunque oscuro y solitario no llega a intimidarme, debe ser porque a pesar del duelo le permití a la radio acompañarme con algo que ahora se permiten llamar música y que me sirve de ruido para entretener el pensamiento. Falta poco para tomar la autopista y justo unos metros antes de la intersección me sorprende una alcabala móvil improvisada.
Intento disminuir mi velocidad; acelerada en exceso desde un principio, incitada por la soledad tanto dentro como fuera del auto. Un poco presurosa saludo al agente policial que con un ademán parece insistirme que continúe más despacio, asiento con mi cabeza y sigo adelante. La inseguridad reinante en el país; las noticias infinitas sobre robos y secuestros perpetrados, precisamente simulando alcabalas móviles; y mi certeza de no haberme encontrado con esos agentes – ni con la patrulla mal estacionada, ni con los conos recién puestos – durante mi viaje de ida; me animaron a acelerar de nuevo para entrar pronto a la autopista.
¡Sorpresa! El retrovisor me muestra cómo el agente que me saludaba corre ahora hacia su auto y tan sólo minutos después la patrulla policial parece venir tras de mí.
¡Sorpresa! El retrovisor me muestra cómo el agente que me saludaba corre ahora hacia su auto y tan sólo minutos después la patrulla policial parece venir tras de mí.
Esa escena en mi retrovisor y el susto, confundido entre la posibilidad de haberme topado con un par de malhechores o la de resultar detenida por haber omitido la orden de disminuir mi velocidad, fusionaron en mi cerebro de modo tal que involuntariamente mi pie derecho empujó aún más el pedal, lo suficiente como para obligar al automóvil a avanzar más rápido.
Ya en la autopista, miles de ruedas me acompañan devolviéndome la capacidad de respirar con normalidad; apago la radio, al fin y al cabo con el ruido de los carros que van y vienen alrededor del mío, y las luces por doquier, ya me basta para mantenerme atenta. Mi ritmo cardíaco está a punto de retomar su calmado compás y, de pronto, el retrovisor lateral me muestra a la patrulla policial dejada atrás acercándose ahora haciendo cambio de luces; el sonido de la sirena y la voz emitida a través del parlante, ordenando me detenga, inducen a mi romántico músculo a bombear velozmente de nuevo.
Una pizca de sensatez, o tal vez de ingenuidad, ayudaron a mi conciencia a obligar a mi pie izquierdo a presionar el pedal para frenar y finalmente detener el auto. La patrulla se estaciona delante de mí y de inmediato baja de ella el agente del saludo presuroso, despojado de su gentileza de otrora. ¡Me ordena salir del automóvil! Y yo, cual gatita asustada e indefensa, abro mi puerta y me pongo de pie frente a él.
Mientras otro funcionario se acerca a inspeccionar por dentro mi carro, el agente frente a mí me exige una explicación por haber desobedecido su primera orden de detenerme, emitida según él cuando pasé por la alcabala improvisada. ¿Usted acaso se ha vuelto loca? - me dijo - ¿No entiende que podemos pensar que la llevan secuestrada? ¿Cómo quiere que pensemos que todo está bien si nos saluda apuradita y aumenta de nuevo su velocidad? ¡Pensamos que podían llevarla coaccionada!
Luego de su retahíla pues me tocó a mí. ¿Y a ustedes cómo se les ocurre que me voy a detener en esa zona? - Le dije - ¡En esa oscuridad, en una vía tan desolada y ante una alcabala improvisada que no estaba cuando pasé al inicio de la noche! ¿Cómo quiere que me detenga si no tengo certeza de que sea usted realmente policía? ¿No entiende que puedo pensar que se trata de dos usurpadores a la espera de alguna buena presa? ¡Además, a esta hora, sola en este carro y en esa avenida tan solitaria y con fama de peligrosa, no pretenderá usted que venga a paso de sepelio! (Con el perdón de David).
El funcionario que revisaba el interior del carro soltó una carcajada. Invitó a su compañero a recuperar la calma y a entender que así como su suspicacia era natural, también lo era mi temor. Me mostró las debidas credenciales y manifestó sus disculpas advirtiendo que en efecto todo había sido una confusión, propia de los prejuicios que nos invaden a unos y otros en estos tiempos y en esta tierra cuya cotidianidad delictiva alimenta en nosotros la desconfianza. Recuperé también la calma, lamenté que el miedo me hiciera de algún modo irrespetar la ley y, luego de una apenada sonrisa de despedida, volví a mi auto.
Al volante de nuevo, ya más cerca de casa, retomando la naturalidad en mi respiración y el tun tuneo habitualmente pausado de mi corazón, vino de nuevo a mí un recuerdo de David. Recordé cuando a solas, en un viaje de ascensor hasta un doceavo piso, me confesó que sabía mi secreto - uno de esos tantos y tontos que en la vida llega uno a tener - y tomando mi mano, con una seriedad pocas veces dueña de su rostro, me garantizó que no debía temer. Recordé cómo en aquél entonces me sentí cómoda a su lado, cuando admití que realmente sería un amigo incondicional; cuando me dije a mí misma de nuevo que ciertamente hay instantes en los que, a pesar de las apariencias y temores íntimos, vale la pena confiar en los demás.
* La imagen en el encabezado es obra de Karla Frechilla.









2 Y tú qué dices?:
Vaya susto!
Ciertamente, en muchas ocasiones las circunstancias terminan conspirando contra nosotros, y nos meten en situaciones en las que nunca nos veríamos involucrados.
Confiar de nuevo en la bondad humana? no creo que esté listo aún para recuperar esa seguridad que tenía cuando caminaba de pequeño por todo mi vecindario, sin miedos.
Has hecho mal, puede que hasta roto la ley; pero paradógicamente has actuado con sensatez. Así está el mundo.
Ya mi comentario lo sabes, gracias por poner a trabajar la materia gris de mi sub-calificado cerebro.
estraré leyendo con pausas y sin sorbos de té el blog sibaritano.
besos...
coño la tarea!!!
se me olvidaba...
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