Santa Semana, seca, ¡pero de valores!
Ya estoy de vuelta en casa, luego del rico viaje que realizamos aprovechando los días libres de la Semana Mayor. Este año nos fuimos al estado Falcón nuevamente; hicimos la obligada parada en el pueblo de mis abuelos y luego tomamos rumbo a la Península de Paraguaná. Recorrí nuevamente las dunas donde aprendí a caminar y me sumergí feliz en el mar desde distintas costas. Y, a pesar de haber nacido en esa región de cujíes y medanales, me sorprendió admitir que era mi primera vez en el Cabo San Román y que, finalmente, a mis treinta años, mis pies se bautizaban con las puras sales que emergen de Las Cumaraguas (Foto de cabecera).
El viaje estuvo delicioso, aderezado como siempre con la alegría, el amor y el desparpajo de mi familia; porque a excepción de los viajes románticos, dudo que otras aventuras igualen la emoción de los recorridos familiares; donde tíos, primos y hermanos disfrutamos juntos de cualquier rinconcito o velada.
La peculiaridad de este año en el país fue la Ley Seca decretada durante los días santos para evitar el consumo de licor durante los viajes, intentando así disminuir el índice de accidentes que se dispara cada año por estos días. Muchos criticaron la medida y muchos también la aplaudieron. Pero el asunto es que ni fue considerable la disminución de accidentes, ni se logró realmente controlar el consumo de bebidas alcohólicas. Mientras se nos hizo difícil encontrar algún negocio abierto donde comprar hielo y agua, o algún refresquito, era habitual la escena de empleados de licorerías vendiendo cervecitas como mercancía de contrabando, utilizando para ello sus puertas traseras, alguna ventanita recóndita o inclusive contraseñas y cobro de comisiones a quienes buscaban de algún modo saciar su sed de licor.
Esa escena repetida mil veces a lo largo de nuestro recorrido me pareció bastante risible; es que los venezolanos somos así, nos las arreglamos para que nada nos dañe el bochinche. Pero fue mucho más lamentable ver nuestras playas invadidas de basura, contemplar cómo la indiferencia parece apoderarse de cualquier rinconcito donde el hombre esté presente. Esas visiones grotescas me hicieron reforzar mi convicción y afición por la hipótesis de Matrix (La trilogía fílmica protagonizada por Keanu Reeves) donde se afirma que los seres humanos somos el virus del planeta. ¡Es que nuestro trato hacia el ambiente es muchas veces la demostración de que somos una raza con predilección por la destrucción! En fin, ya he dicho antes que venero nuestra libertad; y destruir, antes que cuidar y construir, es también una opción a la que los hombres y mujeres tenemos derecho en este mundo. ¡Qué lástima!, pero así es, nuestro libre albedrío nos permite también elegir lo cuestionable.
Ante la indiferencia con la que logré toparme en algunos rincones durante mi paseo, reiteré en mi conciencia que el problema, hablemos particularmente del venezolano, no es de falta de leyes sino de valores; sufrimos de solidaridad escasa, carecemos de amor profundo por nuestro suelo, el relajo se nos escapa de las manos, la alegría que nos caracteriza se desdibuja cuando termina el sarao y quedan a nuestro paso la desolación, el desorden, y la naturaleza ávida de unas manos que le devuelvan su armonía. Porque cierto es que la tierra se reinventa a diario a sí misma, se recompone a ratos de sus propios vaivenes; pero difícilmente puede reponerse, ni mucho menos en los días santos, de nuestro seco desamor.
El viaje estuvo delicioso, aderezado como siempre con la alegría, el amor y el desparpajo de mi familia; porque a excepción de los viajes románticos, dudo que otras aventuras igualen la emoción de los recorridos familiares; donde tíos, primos y hermanos disfrutamos juntos de cualquier rinconcito o velada.
La peculiaridad de este año en el país fue la Ley Seca decretada durante los días santos para evitar el consumo de licor durante los viajes, intentando así disminuir el índice de accidentes que se dispara cada año por estos días. Muchos criticaron la medida y muchos también la aplaudieron. Pero el asunto es que ni fue considerable la disminución de accidentes, ni se logró realmente controlar el consumo de bebidas alcohólicas. Mientras se nos hizo difícil encontrar algún negocio abierto donde comprar hielo y agua, o algún refresquito, era habitual la escena de empleados de licorerías vendiendo cervecitas como mercancía de contrabando, utilizando para ello sus puertas traseras, alguna ventanita recóndita o inclusive contraseñas y cobro de comisiones a quienes buscaban de algún modo saciar su sed de licor.
Esa escena repetida mil veces a lo largo de nuestro recorrido me pareció bastante risible; es que los venezolanos somos así, nos las arreglamos para que nada nos dañe el bochinche. Pero fue mucho más lamentable ver nuestras playas invadidas de basura, contemplar cómo la indiferencia parece apoderarse de cualquier rinconcito donde el hombre esté presente. Esas visiones grotescas me hicieron reforzar mi convicción y afición por la hipótesis de Matrix (La trilogía fílmica protagonizada por Keanu Reeves) donde se afirma que los seres humanos somos el virus del planeta. ¡Es que nuestro trato hacia el ambiente es muchas veces la demostración de que somos una raza con predilección por la destrucción! En fin, ya he dicho antes que venero nuestra libertad; y destruir, antes que cuidar y construir, es también una opción a la que los hombres y mujeres tenemos derecho en este mundo. ¡Qué lástima!, pero así es, nuestro libre albedrío nos permite también elegir lo cuestionable.
Ante la indiferencia con la que logré toparme en algunos rincones durante mi paseo, reiteré en mi conciencia que el problema, hablemos particularmente del venezolano, no es de falta de leyes sino de valores; sufrimos de solidaridad escasa, carecemos de amor profundo por nuestro suelo, el relajo se nos escapa de las manos, la alegría que nos caracteriza se desdibuja cuando termina el sarao y quedan a nuestro paso la desolación, el desorden, y la naturaleza ávida de unas manos que le devuelvan su armonía. Porque cierto es que la tierra se reinventa a diario a sí misma, se recompone a ratos de sus propios vaivenes; pero difícilmente puede reponerse, ni mucho menos en los días santos, de nuestro seco desamor.










0 Y tú qué dices?:
Publicar un comentario en la entrada