domingo 15 de abril de 2007

Consentida en exceso...


Sí… Dios me ha consentido en exceso durante toda mi vida, debe ser por esa razón que muchos me consideran exigente en demasía para todo. Es que desde niña he estado colmada de privilegios, son infinitos los dones y regalos que constantemente he recibido del universo y no hay amanecer al que dé la bienvenida sin la certeza de mis bienaventuranzas.

Inclusive, debo confesar, que cuando me he declarado fracasada, cuando he sentido que ya no puedo más, cuando algún ocasional descontento ante mi presente, o algún terror indescriptible ante mi porvenir, me ha hecho gritar al cielo mi insatisfacción, inmediatamente Dios - antes que con una reprimenda o paliza, tal vez bien merecida, ¡por malcriada! - me responde siempre con alguna nueva bendición, desvaneciendo rapidito mi temor, mi rabia o mi desazón; diciéndome clarito pero al oído que estoy predestinada a la felicidad, a la abundancia, a la alegría, al amor… Y que nada, nada de lo que intente desde mi mente para sabotear mi natural bienestar, podrá con el poder infinito de su voluntad, que no es otra que el humano recorrido de mi ser invadido de motivos evidentes para eternizarme la sonrisa.

¡Dios debe reírse tanto cuando me ve refunfuñando!, porque sus respuestas ante mis quejas y recriminaciones están eternamente impregnadas de caricias, de palmaditas en la espalda, de guiños, de besos en la frente. Siempre, después de una interna alharaca, como tradicional reacción de mi disgusto, parece que Él aprovechara cualquier momentito de calma de los leves que se cuelan en mi pulso agitado mientras respiro, para hacerme reconocerle en algún detallito de mi vida y escucharle entre dulces carcajadas diciéndome: - Tranquila mi niña tonta, tengo suficiente amor para ti como para que dudes de la bendición que es tu vida, así que aclara tu corazón y ¡mira de nuevo! - ...Entonces soy yo quien sintiéndole muy dentro sonrío, admitiendo que ciertamente es todopoderoso, porque es única su facultad para hacerme entrar en razón, invitar a mi alma a reaccionar y con alguna buena sacudida reconquistar mi serenidad, incluso cuando mentalmente ciega me niego a esa posibilidad.

Supongo pues, que es esa demostración cotidiana del amor de Dios, su consentimiento excesivo, su manifestación constante, lo que hace que reciba y despida cada día agradecida, lo que invita a mi espíritu a mantener altos sus niveles de exigencia, para esperar mucho de la vida, del resto de los seres humanos, y, sobre todo, de mí misma.