jueves 15 de marzo de 2007

El Don de Escuchar a los Demás


Periodista al fin y al cabo, me caracterizo entre quienes me conocen por hablar demasiado. Soy una parlanchina incansable y mis enunciados pueden tratarse tanto de asuntos de circunspección profunda como de aderezadas banalidades. Muchas veces, hasta he considerado que he debido, en nombre de alguna armonía deseable, evitar pronunciar palabra alguna; pero del mismo modo que he pecado al hablar de más - en tantas ocasiones - he acertado también en darle el espacio digno al absoluto silencio, cuando reconozco en mi ser que es la mejor de las respuestas que puedo dar ante acciones que no están a la altura de las palabras.

Pero más allá del hablar como virtud, considero inigualable el don de saber escuchar. Lógicamente, para quienes utilizamos la voz hecha verbo para hacernos sentir, ser escuchados es toda una bendición. Particularmente, se me hace indispensable tener la certeza de que me escuchan, inclusive cuando me expreso a través de mis silencios.

Esa necesidad tan mía de ser escuchada es con toda seguridad la razón que me empuja a perfeccionar día a día mi capacidad de oír a los demás. Soy tan tozuda en esa intención que puedo abandonar físicamente una conversación importante, pero nunca dejar de insistir luego mentalmente -¡durante horas! - en comprender cada una de las ideas expresadas por el otro en la tertulia.

Es que aprendí que “Cada quien dice lo que dice y cada quien escucha lo que escucha”; que generalmente, las personas emiten sus ideas cargadas de emociones, vivencias e interpretaciones muy propias, muy íntimas, y que de igual modo acostumbramos a captar las expresiones de los otros desde nuestras emociones, vivencias e íntimas interpretaciones.

A partir de tales afirmaciones la verdadera comunicación parece prácticamente imposible. Cómo pueden dos seres humanos llegar a un acuerdo si las interpretaciones de cada uno sobre lo que diga el otro al final serán tan subjetivas que tal vez no tengan nada que ver con lo que realmente ese otro quiso decir. Cómo comprender la realidad de alguien más desde la nuestra, si es que hasta intentando ponernos en su lugar no haremos sino verla desde lo que somos, desde nuestros ojos, y no desde los suyos, no desde lo que es ese alguien más.

Pero quién sabe, en definitiva los individuos coincidimos en nuestra naturaleza humana. Quiero confiar en que apelando a ella, realmente, cuando nos lo proponemos, dejando de lado nuestro ego, podemos escuchar; oír, entender, confortar, incentivar, acompañar; aceptar a los demás.