La Ciénaga... De las memorias del corazón II
Anoche tuve uno de mis sueños recurrentes; estaba en un lugar para mí muy conocido y rodeada de la familia paterna. Inclusive, personas que ya hoy se han ido de esta vida estaban ahí. Constantemente sueño con esas reuniones familiares, los escenarios cambian pero siempre me veo acompañada de mucha de mi gente importante; mostrándose todos sonrientes y festivos, tal y como aún sucede bastante en mi vida cotidiana.No tengo escena en particular que destacar de la experiencia onírica, sólo que estábamos en casa de una prima hermana de papá que acostumbramos visitar desde que yo era niña, en el pueblito falconiano de mis abuelos; La Ciénaga, - una comarca de frescas montañas que se levanta frente al mar en las cercanías de Cumarebo, en el estado Falcón, en Venezuela, ¡Mi país! -.
Amanecí rebuscando las razones por las cuales mis sueños me llevaron hasta allá. Fue fácil, en unos días serán las fiestas de San José, el patrono; una tradicional celebración que para mi abuelito paterno siempre tuvo gran significado. Mi mamá, mis otros abuelos y muchos de mis tíos también nacieron allí; pero es a mi abuelo Monche a quien le debo los profundos sentimientos que experimento en ese rico rinconcito del planeta.
Mis padres me cuentan que de carricita fui muchas veces a las fiestas; pero no lo recuerdo. Mis memorias sobre las festividades de San José insisten en aferrarse a la celebración del año 2000, cuando mi abuelo recibió un merecido homenaje y fue declarado patrimonio cultural del pueblo; como digno reconocimiento a su talento musical, el cual dedicó en gran medida a esa tierra luz que le vio nacer.
Ese año, mi abuelito me pidió que le escribiera las palabras de agradecimiento, y que además fuese yo quien en nombre de toda la familia me dirigiera al público la noche del homenaje. Mi abuelo falleció cuatro años después, sin saber que aquél fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida.
El año pasado, en el mismo escenario donde mi abuelo fue aplaudido aquélla noche del 2000, me tocó presentar esta vez al grupo musical de papá. Allí estaba yo otra vez, frente a muchas de las personas que escucharon mis palabras unos años antes, hablándoles de nuevo de mi abuelito Monche, porque es imposible recorrer esas calles; o abrazar a la familia que sigue viviendo allí, o escuchar la misa en honor a San José, o dejar a la brisa acariciar mi cabello, o mirar al mar desde esas montañas; y no pensar constantemente en mi abuelo, permitiéndole además al corazón tararear suavecito alguna de las tantas canciones que le dedicó a su terruño.
Ahora, cuando vamos cada año, gracias a la insistencia de algunos primos y al alegre consentimiento de papá, los días alrededor del 19 de marzo constituyen para mí una carga de emoción inigualable.
Volver a La Ciénaga, en los días que se viste de gala para recibir a sus hijos, no es sólo pisar la tierra que mi abuelo me enseñó a querer; es también reencontrarme desde el alma con las más sublimes emociones de aquél viejito que me pagaba un bolívar por sacarle canas, sólo para tener la dicha de mantenerme cerquita un ratito mientras me hablaba de sus recuerdos y de sus canciones; es tener la experiencia única de sentir cómo mi corazón se pone arrugadito de nostalgia y mis ojos se llenan de lágrimas, pero jamás de tristeza, sino por el regocijo de saber que mi abuelito está ahí, que sonríe al vernos juntos, y que a su pueblo le canta y le sigue amando a través de nosotros.









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