viernes 2 de marzo de 2007

Hambre de Sueños



Mi dulce niña tiene hambre de sueños, descubrió hace poquito que tal vez, en algún rincón de los diversos vericuetos que ha transitado de la mano de sus travesuras, dejó olvidado el maletincito donde iba guardando sus ilusiones.

Su naturaleza infantil insiste en permanecer, no sabe si por amor propio o por la ansiedad de su espíritu, pero su instinto calladito se esfuerza en continuar mirando el mundo con inocencia; en no perder la capacidad de asombro, la emoción de la esperanza, la certeza de la felicidad como esencia perpetua del alma, ni la virtud de poder descubrir el valor de las cosas simples o pequeñas.

Batalla en demasía porque se niega a desvanecer enferma de cotidianidad, se desespera pues necesita descartar la posibilidad de estar infectada de muerte por la rutina.

A veces inclusive se culpa, se cuestiona pensando que quizás en algún instante que ya no recuerda debió haberse quedado dormida mientras su ser aprovechó el descuido para perderse en el aburrido mundo de los adultos. Finalmente despertó, fue cuando descubrió entonces que una gran dimensión de sí misma estaba invadida de preocupaciones tontas, de pensamientos insidiosos, de circunspecciones extremas, de ilógicas desesperanzas; y debido a la confusión, el desvarío y la consternación, casi muere de desconsuelo. Pero es una niña, afortunadamente; y los niños no saben de derrotas. Así pues, la desazón que a veces la acosa le dura muy poquito, se la sacude en cuanto encuentra oportunidad y animada por el íntimo entusiasmo propio de su esencia, - inexplicable para los carentes de fe pero comprensible y lógica para los sabios - al entender definitivamente que de poco le sirve llorar por su olvidado maletín, asume la osadía de emprender inéditas aventuras y regalarse ilusiones nuevas.

Entonces quiere saborear sueños, revolotea insaciable entre nubes de fantasías, se zambulle en frescos lagos de pensamientos vivaces, respira agitada procurando detectar aires prósperos y se tiende alegremente en el suelo; de manos abiertas y de cara al sol para sentir su calor, para que esa potente luz que impide abrir sus ojos la invite por fin a mirarse por dentro, a reconocerse, a sentirse; admitiendo al final que estar allí ya es suficiente para sonreír; que ser dueña y testigo consciente del espacio entre el sol y la luna ya es bastante como para permitirse vivir a carcajadas.