miércoles 21 de marzo de 2007

Familia… ¡El sabor más dulce!


Regresamos del viaje a La Ciénaga, el pueblito falconiano de mis ancestros donde veneran con fervor a San José, cuyas fiestas sirven de excusa perfecta para el reencuentro de sus hijos y el abrazo de los coterráneos. La visita estuvo tan rica como esperaba; el clima fue favorable, la brisa nos acarició como siempre, la música nos acompañó ininterrumpible y las emociones se mantuvieron constantemente a flor de piel.

Como ya conté una vez, volver a La Ciénaga es exaltar en mi corazón el recuerdo imperecedero de mi abuelito paterno. Caminar por las empinadas calles de ese terruño, mientras el sol se hace sentir como nunca en mi piel, es la manera más hermosa de evocar en mi pensamiento a mi viejito querendón. Pero este año hubo un evento que añadió sazón a las emociones de la visita; la noticia de la imposición de la orden “Patriarca de San José” a la generación descendiente de mi abuelo, fue una especial oportunidad para reunir en su pueblo natal, y en un ambiente divinamente festivo, a gran parte de sus hijos y nietos.

Durante la estadía en esas montañas, hermanos, primos, tíos y sobrinos volvimos a reunirnos para cantar, bailar, reír y apurruñarnos como en los tiempos de otrora; cuando mi abuelito inventaba, al menos una vez al año, alguna celebración con la única intención de tener la dicha de vernos juntos. Es que si hay una palabra cuyo significado pleno aprendí de mi abuelito, es “Familia”, y gracias a él en ella encuentro el sabor más dulce y puro de mi vida, la más refrescante experiencia que haya valido la pena conocer.

Allí, mientras nos abrazábamos, cantábamos y bailábamos, me sorprendí admitiendo que era demasiado el tiempo sin reunirnos a celebrar; que en los últimos años, luego de la muerte de mi abuelito, sólo nos quedaron las enfermedades o la muerte de alguien más como razón obligada para volver a vernos. Me estremeció por un momento la idea, y de inmediato rogué a Dios, y a San José, porque a partir de ahora nos inventemos siempre algún motivo para celebrar; porque a esas celebraciones - que nos hicieron viajar a diversas partes del país unas tres veces cada año, sobre todo para complacer los ánimos festivos de mi abuelito - les debo hoy la emoción inigualable que me embarga cuando me encuentro en la mirada de mis tías, cuando me cubren los brazos de mis tíos o cuando cómplice de alguna broma río a carcajadas con mis primos.

No pude más que bendecir mil veces a mi abuelito; porque gracias a esas fiestas antojadizas heredamos de él la alegría de vernos juntos, y hoy, en la familia reconocemos nuestros tesoros más valiosos, convertimos en música cualquier frase en nuestras voces, nos extrañamos con la mayor de las nostalgias y son nuestros encuentros el momento donde nos queda mejor la sonrisa.