Amor Verdadero... De las memorias del corazón.
Si algún día, luego de un cúmulo satisfactoriamente considerable de vivencias, decidiese finalmente cometer la osadía de escribir el libro de mis memorias, sin duda que muchas de sus páginas estarían dedicadas a hablar de mis abuelos. Es que así como dicen que se puede tener una percepción de quién eres a partir de las personas de las cuales te rodeas, no es menos cierto que tu esencia se nutre de la riqueza de aquellas almas que te acompañan y recrean tu espíritu desde la niñez. Y aunque indudablemente papá y mamá son pieza fundamental en la conformación de tu carácter, son los abuelitos quienes mejor contribuyen a fortalecer tu corazón.
Tres de ellos ya se fueron; entretanto, hoy mi abuelita materna ya cuenta 86 años, adornados con una sabia mirada y una constante sonrisa, los mismos gestos que refrescan a diario mis amaneceres, cuando en ella reconozco la manifestación más pura de gratitud con la vida.
Cuando la observo no puedo más que reiterar que, desde mi infancia, en ella he descubierto el significado de la bondad y el valor de la solidaridad, he aprendido que toda acción que te permita sentirte útil enriquece y bendice tu existencia, he entendido que la emoción y alegría de la vida no terminan con la vejez sino cuando te rindes, y que tu salud y vigor no dependen tanto de tu capacidad física sino de tu fuerza espiritual.
Aún hoy, a sus 86 años, mi abuelita materna sigue diciéndome con sus acciones que no hay nada más gratificante en la vida que servir a los demás, que te haces grande cuando con toda la humildad posible eres capaz de rendirte a satisfacer la necesidad del otro.
Pero, por sobre todas las cosas, de ella insisto en aprender sobre la diferencia real entre tolerancia y aceptación; en cómo es más digno para los humanos comprender que definitivamente somos todos diferentes, que es esa diferencia la que permite la armonía en el mundo, y que si aún no logramos percibir esa armonía es precisamente porque nos limitamos a tolerar en los demás las cualidades que los distinguen de nosotros, en vez de sabiamente mirarlas y aceptarlas; convirtiendo así nuestra actitud ante los otros en la mejor manera de honrar a Dios, a través de la más hermosa demostración de amor verdadero.
Tres de ellos ya se fueron; entretanto, hoy mi abuelita materna ya cuenta 86 años, adornados con una sabia mirada y una constante sonrisa, los mismos gestos que refrescan a diario mis amaneceres, cuando en ella reconozco la manifestación más pura de gratitud con la vida.
Cuando la observo no puedo más que reiterar que, desde mi infancia, en ella he descubierto el significado de la bondad y el valor de la solidaridad, he aprendido que toda acción que te permita sentirte útil enriquece y bendice tu existencia, he entendido que la emoción y alegría de la vida no terminan con la vejez sino cuando te rindes, y que tu salud y vigor no dependen tanto de tu capacidad física sino de tu fuerza espiritual.
Aún hoy, a sus 86 años, mi abuelita materna sigue diciéndome con sus acciones que no hay nada más gratificante en la vida que servir a los demás, que te haces grande cuando con toda la humildad posible eres capaz de rendirte a satisfacer la necesidad del otro.
Pero, por sobre todas las cosas, de ella insisto en aprender sobre la diferencia real entre tolerancia y aceptación; en cómo es más digno para los humanos comprender que definitivamente somos todos diferentes, que es esa diferencia la que permite la armonía en el mundo, y que si aún no logramos percibir esa armonía es precisamente porque nos limitamos a tolerar en los demás las cualidades que los distinguen de nosotros, en vez de sabiamente mirarlas y aceptarlas; convirtiendo así nuestra actitud ante los otros en la mejor manera de honrar a Dios, a través de la más hermosa demostración de amor verdadero.









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